lunes, abril 03, 2006

TEXTOS DE ESTUDIANTES

Hola,
Escribí esta "exégesis" del texto "Arquitecturas del Caos" con un amigo que es físico; la intención era que fuera polémico y no demasiado serio. Ahí lo mando para que lo consideren.

Gracias, un saludo,María Antonia Vélez
El inmenso espacio de lo ilegible
Una exégesis informal de “Arquitecturas del Caos”, de J.M. Montaner.

Por Álvaro Francisco Huertas y María Antonia Vélez.

Este es uno de esos textos que, por la dificultad de su lectura, obligan al lector a preguntarse si es su propia ignorancia la que le impide desentrañar la sabiduría que esconde, o si, por el contrario, esa sensación de vacío e intrascendencia refleja a la perfección el contenido del texto. En esta humilde exégesis pretendemos tranquilizar a los que se creyeron tontos por ver que el emperador estaba desnudo. Si bien no probamos más allá de toda duda que la argumentación de Montaner es errada, incluso absurda, sí cosechamos abundantes indicios de que es así.

Dada la abundancia de puntos dudosos, y la exuberancia de retruécanos verbales de asombrosa insustancialidad, hemos optado por poner algún orden intentando una taxonomía de las falacias. Unas podrían reflejar simple ignorancia de campos ajenos al autor, otras un estilo proclive a la confusión con fines sofísticos, otras una lógica probatoria que sería sospechosa incluso en un juzgado colombiano. No pretendemos condenar al autor por no dominar conceptos matemáticos y físicos que incluso para profesionales de esas disciplinas son retadores; pero sí la ligereza con que efectúa una “pesca milagrosa” de palabras para insertarlas, por libre asociación, en un campo que no las necesita para ser descrito.

CONFUSIONES RELATIVAS A ORDEN Y COMPLEJIDAD
Comenzamos por un aspecto que parece ser central en gran parte del discurso “filosófico” al uso, habiendo sido empleado por distintos autores con grados diversos de irresponsabilidad: el orden y la complejidad. Partiremos de la definición de complejidad más universalmente aceptada por los físicos, que sin embargo no es tan usada por ser demasiado abstracta. Es la de Chaitin: “la complejidad de un sistema se mide por el tamaño del algoritmo (receta) más sencillo que permita describirlo”. Cabe señalar que, según esta definición, los objetos fractales más populares son precisamente objetos con una complejidad muy baja, ya que se definen con una ecuación muy pequeña y la instrucción de iterarla.

Montaner escribe:
“Un grado mayor de desorden de los fragmentos nos conduce al caos”.
¿Los fragmentos de qué? El autor no nos da pistas. Es la primera frase del capítulo y la duda persiste hasta el final. Podemos suponer, con un esfuerzo de imaginación, que se trata de cualquier sistema físico posible, caso en el cual la afirmación no sería cierta, ya que, en la mayoría de los casos, el desorden lleva a un comportamiento más simple y más lineal. Y luego, ¿nos conduce al caos? ¿Se refiere a los lectores del texto? Posiblemente, si consideramos el desorden argumentativo que nos espera.

En las siguientes citas, el autor se aparta del concepto físico de caos, poniéndolo incluso fuera del alcance de la ciencia y dándole un estatus de principio metafísico:

“Un caos que está más allá de lo que es conocible y conceptualizable, y, en el cerebro, más allá del cansancio de establecer continuamente órdenes e interpretaciones”. Cabe preguntarse, en primer lugar, qué se pondría a hacer el cerebro humano si no fuera “establecer órdenes e interpretaciones”, y qué se pondría a hacer el autor, cuyo cansancio tal vez no sea tan sorprendente. Luego afirma, de manera tajante, que “El caos se opone al orden”. Ambas frases tienen un tufillo a misterio teológico que contrasta fuertemente con el pretendido tono científico del ensayo.

CONFUSIONES SOBRE EL CAMPO DE APLICACIÓN DE LAS TEORÍAS
Esta categoría es una de las más sospechosas, porque parece señalar un intento doloso de legitimar un argumento débil (el posicionamiento filosófico de la arquitectura posmoderna) por recurso gratuito a argumentos que los lectores suponen fuertes (por provenir de las “ciencias duras”, en particular de áreas que rebasan el conocimiento de un lector no especializado). En otras palabras, “confunde y vencerás”. Y dice Montaner:

“Las teorías contemporáneas del caos parten de la premisa de la extrema complejidad del mundo”. Históricamente, las teorías físicas han partido de la premisa contraria: que el mundo es simple, al menos lo suficiente para describirlo en términos muy precisos pero formalmente manejables. Se puede concebir que las teorías permitan incorporar cada vez mayor complejidad, pero un salto súbito hasta una “complejidad extrema”, donde el resto de la física no sea aplicable, no permitiría desarrollar teoría alguna. Según la definición de complejidad según Chaitin, una complejidad extrema implicaría que la forma más sencilla de describir al mundo tendría un tamaño gigantesco e inmanejable. En este caso, el único mapa aceptable del mundo tendría el tamaño del propio mundo. En la vida real, la física del caos contiene mucha física pre-caótica, y sin ella se derrumbaría.

“Las geometrías fractales y la justificación del pliegue (...) como legitimadores de las formas de la crisis y del colapso” ¿Colapso de qué? Vale recordar que antes de esto no ha mencionado ninguna crisis. Presuntamente las “formas de la crisis” corresponderían a algo así como la arquitectura de Eisenman, que aparece varias páginas después; pero aún allí, no se nos informa cuál es la supuesta crisis ni qué es lo que colapsa. Pero esas son cuestiones de forma. ¿Puede una geometría legitimar? ¿Qué justifica la justificación del pliegue? Estas caracterizaciones antropomorfizantes de teorías, paradigmas y geometrías, como abogadas defensoras de decisiones estéticas, nos perseguirán a lo largo de todo el texto.

“El caos (...) está radicado en el inmenso espacio de lo indecible, inexpresable y enigmático”. Es claro que la acepción de “espacio” utilizada en esta frase no corresponde a la definición matemática. Esta frase nos hace sospechar que el “caos” al que se refiere Montaner no es el mismo caos al que se refieren los físicos. Y si su caos es tan enigmático, ¿cuál es su utilidad como modelo para explicar otras cosas potencialmente menos enigmáticas, como la arquitectura?

“El paradigma del caos trata de un tiempo que se anuda como un ovillo, que siempre reaparece con nuevos rostros, y va dirigido [¿el tiempo o el paradigma?] a un sujeto capaz de disfrutar [¿?] de la incertidumbre de lo imprevisible”. Primero que todo, hay que decir que el tiempo no “va dirigido” a nadie, y en particular no a un sujeto humano (con capacidad de disfrute). Y si es el paradigma, ni siquiera los epistemólogos más volcados hacia la determinación social del trabajo científico (como Latour o Kuhn) estarían de acuerdo en que un paradigma se diseña con miras a provocar “disfrute” en un público.

“Partiendo de estos dos principios básicos, el carácter fragmentado e irregular de la naturaleza y la exploración de las dimensiones que no son las enteras del punto, del plano y del volumen, Mandelbrot demuestra que los objetos irregulares (...) pueden ser geometrizados (...) y reducidos a una ley formal...”. Lo que queremos señalar aquí es la idea de que un matemático, Mandelbrot, demuestra algo, presuntamente matemático, basado en un principio ontológico (el carácter de la naturaleza). Pregúntele Ud. a su matemático de confianza si eso se puede hacer.

“Se intenta revelar y extender esta homotecia geométrica interna; las leyes de las que se parte son las estocásticas del azar”. En un contexto científico, esta frase sonaría a denuncia, la denuncia de un intento ilícito, o al menos dudoso; y está coronada por una afirmación que no es cierta, a saber, que las leyes del azar (no hay leyes estocásticas, sólo modelos, procesos, etc) son las que permiten revelar las regularidades de los fractales. No logramos dilucidar qué significaba “extender” la homotecia interna. Eso sí puede ser ignorancia nuestra.

“En los fractales se sintetiza la búsqueda de leyes matemáticas y geométricas para dos fenómenos íntimamente relacionados: el caos y el azar”
“en la disciplina de los fractales no se distingue adrede entre la teoría (conjuntos matemáticos) y la realidad (objetos materiales). Teoría y objetos tienen el mismo nombre de fractales”. Ahora, los fractales son una disciplina. Sea. Pero no es la misma teoría matemática de los objetos fractales de Mandelbrot, y la negativa a distinguir entre fenómenos y constructos teóricos es de cosecha del autor. La ciencia no ha necesitado a los posmodernos para saber que es una descripción más o menos aproximada del mundo, pero no es el mundo.

“La teoría de la fractalidad puede aplicarse en cualquier terreno, ya sea el propio de la naturaleza o el del arte”. Ahora ha aparecido una “teoría de la fractalidad”. Sea. Aplicable en cualquier terreno. Sea. En eso se diferencia de cualquier teoría científica. Tal vez también sirva como sistema de contabilidad comercial, lo cual no significa que alguien esté interesado en usarla.

“Eisenman (...) propone un edificio (...) que surge del cruce de distintos paradigmas de la física, que incluye el caos, el pliegue, y las geometrías fractales”. Los autores queremos saber por qué Eisenman no se ha ganado el Nobel de física. Un momento, ¿eso del “pliegue” es física? Debe ser por eso. Cabe preguntarse, ya de regreso en el campo de la arquitectura, si tan erudito origen hace más habitable el edificio, al menos para seres humanos.

CONFUSIONES SOBRE LO QUE ES UNA TEORÍA Y UN PARADIGMA
En esta categoría consideramos poco probable que nuestros problemas de comprensión se deban a nuestra ignorancia, ya que los conceptos son fácilmente verificables. Por ejemplo:

“El paradigma del caos, definido por el pensamiento griego [tiempos prehelénicos], ha recorrido todo el siglo desde los dadaístas [20s] hasta la filosofía postestructuralista [70s]”. Para los griegos, el Caos no era un paradigma, era un dios (destronado por Kronos). Llama la atención la idea de revival que nos lleva mucho más atrás de lo que soñaron los neoclásicos. ¿Será que la tan ajetreada “condición posmoderna” indica un retroceso de unos tres mil años?

“Uno de los paradigmas científicos del caos sería la Segunda Ley de la Termodinámica”. La Segunda Ley no es un paradigma. Como su nombre lo indica, es una ley, y fue formulada con el más recalcitrante espíritu moderno y positivista por Caratheodory, Claussius, y otros artífices de la termodinámica que hizo posible la Revolución Industrial.

“Las geometrías fractales (...) se han constituido en una nueva epistemología”. Esta afirmación viola un principio formal necesario para la coherencia de todo discurso, a saber: que algo no puede ser un lenguaje y su propio metalenguaje al tiempo. Violar este principio lleva a consecuencias como la paradoja de Cantor (la pregunta ¿cuántos elementos tiene el conjunto de todos los conjuntos? no tiene sentido).

EL SUPUESTO CARÁCTER ANTROPOMORFO EMOTIVO Y JUZGANTE DE LA CIENCIA
Sin pretender decir que la ciencia es neutral y pura, siendo como es una producción humana, sí es peligroso e ingenuo asignarle voliciones y posiciones morales, aunque éstas sí estén presentes en los agentes de carne y hueso que la crean.

“La ciencia no ha podido evitar experimentar una profunda atracción hacia el caos al que combate”. Montaner supone que la ciencia (tal vez una señora disfrazada de Minerva) hace una valoración del caos como algo moralmente indeseable, pero muy humanamente experimenta algo así como la fascinación de jugar con fuego. Esta “situación que acepta el vértigo de lo impredecible e infinito” viene siendo una especie de deporte extremo para esa ciencia antropomorfizada.

JUEGOS DE MANOS CON LA ONTOLOGÍA

“El caos se manifiesta en la evidencia de que los sistemas físicos estables explicables según las leyes de Newton se desestabilizan y desobedecen su propio orden”. Hasta aquí el caos ha sido un paradigma, una teoría, o en general, algo relativo a descripciones de fenómenos. Ahora se ha vuelto un fenómeno en sí mismo, que es además causa de otra cosa (la desestabilización de sistemas hasta el momento estables). Por un lado, no se dice que un sistema sea estable; se dice que está en un estado estable. Por otro, tal estado no sería estable si se va a desestabilizar espontáneamente (en un momento dado, el dios Caos tendría que decidir desestabilizarlo). No nos es claro cuál es el orden propio que un sistema desobedece a instancias de Caos. Si fueran las leyes de Newton (que no son propias de un sistema, sino muy generales), nos estaríamos apartando de la teoría física del caos, que de hecho las requiere.

“Las pinturas de Paul Klee desvelan las pautas de unas formas de inflexión, concavidad y pliegue que nos permiten interpretar la esencia de la naturaleza y del alma”. Nos abstenemos de comentar el arrebato poético respecto a la “esencia de la naturaleza y del alma”. Cabe sin embargo aclarar que la interpretación que los cuadros de Klee (anteriores a la elucubración deleuziana) le sugieren a Montaner no se deriva directamente de nociones físicas.

ALUSIONES A ALGO OMITIDO
“Las recurrencia a las formas del caos de la naturaleza puede servir tanto para realizar obras versátiles y complejas como para evidenciar las formas apocalípticas del caos y del colapso”. Nuevamente nos quedamos sin pistas sobre qué es lo que colapsa. Si los fenómenos caóticos son un rasgo físico del universo, deberían haber estado presentes desde su inicio, en lugar de haber aparecido precisamente ahora, invocados por paranoias milenaristas, como sugiere la alusión a “formas apocalípticas”.

AFIRMACIONES CONTRADICTORIAS
Dentro del curioso estilo argumentativo del autor, figura una tendencia a citar frases que parecen torpedear su tesis. Por ejemplo:

Cita de Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Sin comentarios.
“El caos se encuentra más allá de los límites de nuestro propio mundo”. ¿Entonces cómo encontramos evidencias?

“Una parte posee la misma topología del todo”. La topología es precisamente una caracterización de rasgos globales que obvia particularidades locales. No se entiende cómo se puede hablar de una topología de la parte; para asignarle una topología tendría que considerársela un todo.

CONFUSIONES SOBRE CONCEPTOS CIENTÍFICOS
“la Segunda Ley de la Termodinámica, principio hemorrágico según el cual en la evolución del universo predominan la degradación y el desorden que conducen a un irreversible desequilibrio [¡!] y muerte por enfriamiento”. Hablar de “principio hemorrágico” es una antropomorfización, pero sin duda la más inofensiva del texto. Sin embargo lo que sigue es un error craso. Puede interpretarse la Segunda Ley como una tendencia a la degradación y el desorden, pero es absurdo sugerir que conduce a un desequilibrio. De hecho, a veces se define como una tendencia al equilibrio. Aunque “equilibrio” suene como algo plácido y deseable, en física es una condición donde la complejidad es mínima y no pueden darse fenómenos complejos como la vida. En particular, los comportamientos caóticos se dan lejos del equilibrio, donde es posible una dinámica compleja, y la Segunda Ley de la Termodinámica se cumple, pero de ninguna manera es suficiente para deducir de ella tales comportamientos.

“La teoría de los objetos fractales parte del concepto latín [¿?] de fractus – que significa interrumpido e irregular en construcciones naturales dominadas por el azar”. Si el autor habla de un “concepto latín” y no de una palabra del latín, nos quedamos esperando la nota a pie de página que nos refiera al autor romano, tan adelantado a su tiempo, y tan contrario a los intereses al uso, que concernían a los asuntos humanos, imperiales y legales (Lucrecio ya fue un bicho raro por preocuparse por la física, y no recordamos ejemplos de matemáticos latinoparlantes de esa época). Ese concepto nos parece por lo menos extraño, ya que en la descripción de fracciones, fracturas, y aún fractales, el azar no juega un papel preponderante. Usualmente no juega ningún papel.

“las leyes (...) estocásticas del azar, como las curvas brownianas de ebullición o las turbulencias”. Antes habíamos criticado la noción de “ley estocástica”. Ahora, nos vemos confrontados con algo que no encontramos referido en ningún lado, ni en libros de física, ni enciclopedias, ni en Internet, que son las “curvas brownianas de ebullición”. Tal vez tengan un significado gastronómico referido a los brownies, porque el botánico escocés Robert Brown jamás definió tales curvas, aunque sí descubrió el movimiento browniano de partículas de polen (que no hierven). Las turbulencias sí existen, pero curiosamente no pueden describirse de manera satisfactoria como procesos estocásticos, ya que estos son lineales y las turbulencias sólo aparecen al entrar en juego leyes no lineales.

ACROBACIAS TEMÁTICAS
No nos animamos a condenar las fallas dentro de esta categoría como actos de mala fe; nos limitamos a manifestar el desconcierto de un lector mareado por un itinerario temático que ni siquiera procede por saltos sino por teletransportaciones. Es así como, del “caos apocalíptico”, el autor pasa instantáneamente a considerar la influencia del uso del computador para el diseño arquitectónico.

“Podemos interpretar los móbiles de Calder como estructuras fractales en las que se equilibran los brazos con piezas de forma orgánica con los brazos que se vuelven a bifurcar; podemos deducir [¿de qué?] la repetición de círculos y texturas en las pinturas de personas o ciudades de Jean Dubuffet”. En las películas de ciencia-ficción, un error en el proceso de teletransportación ocasiona mutaciones o combinaciones aleatorias de distintos seres vivos. Así mismo, vemos aquí cómo la “arborescencia” de los mobiles de Calder (común a todos los móbiles), y la repetición de un par de formas en la obra de Dubuffet (atribuible a un carácter compulsivo), se ven transformadas en “similaridad a todas las escalas”, imposible en el mundo material. La palabra mágica para que ocurra esta milagrosa transmutación parece ser “interpretar”.

“una materia explosiva y continua tal como la plantearon Leibniz y el arte del barroco”. Leibniz centró sus intereses en las matemáticas y no se preocupó mucho de la materia. Su propuesta filosófica estrella (la monadología) dista mucho del carácter divergente de una explosión y se acerca más al carácter convergente de una unificación. Por eso nos sorprende verlo hermanado con una tendencia que en su época estuvo en un bando contrario (el barroco era un proyecto contrarreformista y Leibniz era luterano hasta los tuétanos).

“Las teorías del pliegue y de los fractales tienen en común el análisis de las formas desordenadas y complejas de la tierra”. Ni una ni otra analizan formas de la naturaleza. La teoría de los fractales analiza objetos abstractos, y la teoría del pliegue, hasta donde entendemos, no analiza nada.

“Aún no se ha alcanzado una arquitectura abstracta y posthumanista tal como encontraron [¿?] en sus respectivos campos Kazimir Malevich, Piet Mondrian, James Joyce, Guillaume Apollinaire y Arnold Schönberg”. A menos que esté argumentada en otro capítulo del libro, ésta hipótesis sobre la historia del arte aparece sin sustento alguno. Nos divierte bastante encontrar a algunos de los mayores ideólogos del arte moderno, invocados como ejemplos a seguir para una arquitectura posmoderna.

LEGITIMACIÓN PROMISCUA Y CONTRANATURA
Aunque ya habíamos hablado del carácter doloso de la justificación por recurso a disciplinas ajenas, y de confundir “analogía” con “identidad”, queremos señalar ejemplos aún más flagrantes, pero que no han recurrido a las ciencias naturales.

“El texto de Deleuze (...) ha servido para legitimar una parte de la arquitectura reciente”... “Según la interpretación de Deleuze, la teoría de los pliegues encuentra legitimación tanto en el arte del barroco como en el arte moderno” Por ley transitiva, ¿esto implica que la arquitectura reciente encuentra legitimación en el arte del barroco, vía Deleuze? El autor parece revelar un complejo de ilegitimidad que lo obliga a buscar alambicadas justificaciones para la arquitectura, disciplina que hasta el momento considerábamos respetable por mérito propio.

“Klee nos demuestra que la materia de las cosas y de las ciudades está conformada por un infinito ovillo de líneas de fuerza que se expanden y se repliegan continuamente”. Los artistas no demuestran nada, al menos en el sentido científico implicado por el tono del texto. Las demostraciones de Mandelbrot son algo completamente diferente al efecto, intencional o no, de la obra de Klee en el espectador catalán.

“Las ideas de Chomsky, Foucault, Baudrillard, Derrida y Deleuze han sido tomadas [por Eisenman] para legitimar su estrategia de la destrucción del sistema establecido” ¿El sistema? ¡Ah! Eso debe ser lo que está colapsando. Y aparece otro personaje con complejo de ilegitimidad.

ESTA ÉPOCA, DIFERENTE A TODAS LAS DEMÁS
En esta categoría caen los ejemplos de la actitud adolescente que considera la generación a la que pertenece como fruto de un salto cualitativo que la hace única (igual que todas las generaciones). Esta en particular, sin embargo, añade un ingrediente inédito: considera que vive en un universo diferente, regido por otras leyes físicas. Semejante delirio de grandeza puede explicarse por la ya mencionada confusión entre descripción y mundo, que a su vez está enraizada en la pretensión posestructuralista de identificar realidad con discurso. Una cosa es “leer el mundo como un texto” y otra es decir que “el mundo es el texto que lo describe”.

“La teoría de los pliegues se acerca a la condición contemporánea”
“La reaparición del caos en mundo en el que predomina la indeterminación y la relatividad”. No se puede decir que en el mundo “predomine” la indeterminación ni la relatividad, aunque el autor parece sugerir que la construcción, en el siglo XX, de teorías físicas revolucionarias basadas en esos dos conceptos, ha hecho al mundo más caótico, o al menos tan caótico como era en tiempos prehelénicos.

“Eisenman en El fin de lo clásico, 1984, plantea la crisis definitiva de los grandes conceptos clásicos – La representación del lenguaje, la verdad de la ciencia y el sentido de la historia – que habían legitimado el pensamiento, el arte y la arquitectura desde el renacimiento hasta las vanguardias”. Aquí, finalmente, aparece una pista sobre qué es lo que colapsa, lo cual nos alegra. Sin embargo, empezamos a sospechar sobre la coherencia del autor, por las siguientes tres razones:
· A pesar de la crisis definitiva de la representación del lenguaje, el autor escribe.
· A pesar de la crisis definitiva de la verdad de la ciencia, el autor la invoca como argumento irrefutable para legitimar todo.
· A pesar de la crisis definitiva del sentido de la historia, el autor no solo apela a la historia del arte para usar el barroco como legitimador, sino que plantea una dirección para la historia futura de la arquitectura.

No hemos discutido las posiciones de Montaner que conciernen propiamente a los estilos arquitectónicos, primero por no ser área de nuestra competencia, y segundo porque su descripción deliberadamente elusiva nos impide acceder a su planteamiento. Por razones muy similares evitamos discutir las ideas de Deleuze. No hemos tratado tampoco sobre las páginas intercaladas, que por benevolencia no consideramos argumentativas sino literarias. Esperamos, en todo caso, que se haya logrado nuestro objetivo de reconfortar a los mareados y posiblemente, por qué no, desencantar a los maravillados.


Bogotá, Marzo de 2006